Lácteos y derivados
La desinformación en alimentos avanza más rápido que la evidencia científica
Contenido engañoso gana alcance, afectando elecciones cotidianas y debilitando criterios informados

Analista de Contenido
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En un entorno digital donde la velocidad de los contenidos supera la capacidad de validación, la desinformación alimentaria supera a la evidencia científica y se consolida como uno de los principales retos para la industria, la academia y los organismos reguladores.
Este fue uno de los ejes centrales del foro “Alimentación en la era de la información: mitos, ciencia y cómo tomar decisiones informadas”, realizado el pasado 11 de noviembre y organizado por la Alianza Latinoamericana de Asociaciones de la Industria de Alimentos y Bebidas (ALAIAB) en conjunto con Fundación Triptolemos.
El encuentro, que reunió a especialistas como Fernando Moner, presidente de la Asociación Valenciana de Consumidores y Usuarios, y Dolores del Castillo, investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), puso sobre la mesa un dato contundente: cerca del 30% de las noticias sobre alimentación en internet son falsas, y lo más crítico es que estas narrativas circulan hasta siete veces más rápido que la información verificada.
Lejos de ser un fenómeno aislado, esta dinámica confirma que la desinformación no solo compite con la ciencia, sino que la rebasa en alcance e impacto, afectando directamente la percepción del consumidor, sus decisiones de compra y la confianza en los sistemas alimentarios.

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Una categoría inherentemente viral
A diferencia de otros sectores, la alimentación concentra una combinación única de factores que amplifican su exposición a la desinformación: es universal, cotidiana y profundamente emocional.
“Alimentarse es mucho más que ingerir productos: es generar salud o enfermedad, es socializar y también disfrutar”, explicó Fernando Moner, presidente de la Asociación Valenciana de Consumidores y Usuarios, durante el foro.
Esta dimensión explica por qué cualquier contenido relacionado con alimentos —desde dietas hasta alertas sanitarias— adquiere relevancia inmediata. A ello se suma su impacto económico directo: eventos como la gripe aviar en Europa han derivado en incrementos de entre 30% y 60% en productos básicos como huevo y pollo, lo que intensifica la sensibilidad del consumidor ante cualquier información disponible.
En este contexto, la viralidad no es un accidente, sino una característica estructural del sistema alimentario.

Cuando la percepción supera a la evidencia
Uno de los puntos más críticos señalados en el foro es el desplazamiento de la autoridad científica frente a nuevas fuentes de información.
Moner compartió un caso ilustrativo: una estudiante de posgrado en seguridad alimentaria cuestionó el conocimiento de una especialista con décadas de experiencia, basándose en el contenido difundido por una influencer .
Este tipo de situaciones refleja un cambio profundo en la construcción de credibilidad. Hoy, la validación social —likes, seguidores o viralidad— puede tener más peso que la evidencia científica.
Los datos respaldan esta tendencia: hasta 40% de los consumidores reconoce haber modificado hábitos de compra o consumo influenciado por información no verificada, aunque esta proporción ha disminuido en los últimos años, lo que sugiere una mayor conciencia, pero no la desaparición del problema.

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La ciencia detrás del alimento: un proceso invisible para el consumidor
Frente a este escenario, los especialistas coincidieron en que existe una brecha relevante entre lo que el consumidor percibe y la realidad del sistema alimentario.
Dolores del Castillo, investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), detalló que los alimentos atraviesan múltiples etapas antes de llegar al consumidor, cada una respaldada por controles científicos y regulatorios:
Evaluación y control de materia prima
Limpieza y eliminación de impurezas
Procesos de conservación, transformación o elaboración
Envasado, almacenamiento y distribución
“En todos estos procesos hay investigación, hay organizaciones independientes y organismos reguladores que garantizan que los alimentos sean seguros”, subrayó.
Uno de los pilares de este sistema es el Análisis de Peligros y Puntos Críticos de Control (HACCP), diseñado para identificar y prevenir riesgos microbiológicos, químicos y físicos que puedan comprometer la inocuidad.
Además, este modelo se complementa con marcos regulatorios sustentados por organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la FAO, la EFSA en Europa o la FDA en Estados Unidos, que operan con base en comités científicos y evidencia validada.

Consenso científico: la base que la desinformación ignora
Uno de los conceptos clave abordados durante el foro fue el de consenso científico, frecuentemente malinterpretado en el debate público.
“El consenso científico es la posición mayoritaria de expertos que evalúan críticamente numerosos estudios independientes con evidencias reproducibles”, explicó Del Castillo.
Este enfoque es el que sustenta las decisiones regulatorias, desde la autorización de nuevos ingredientes hasta las declaraciones nutricionales y de salud.
Sin embargo, gran parte de la desinformación se construye a partir de estudios aislados, fuera de contexto o incluso obsoletos, lo que genera interpretaciones erróneas. Como señalaron los expertos, la ciencia no es estática: evoluciona conforme avanzan las herramientas, la evidencia y el conocimiento.

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Infodemia alimentaria: impacto directo en decisiones de consumo
Más allá del volumen de información disponible, el verdadero problema radica en la calidad y en su capacidad de influir en el comportamiento del consumidor.
“La infodemia no es solo exceso de información, es exceso de desinformación”, advirtió Moner .
Este fenómeno se ve amplificado por factores como:
La velocidad de difusión en redes sociales
La participación de influencers sin formación especializada
El uso creciente de inteligencia artificial para generar contenido
De acuerdo con lo expuesto en el foro, estas dinámicas no solo generan confusión, sino que pueden derivar en decisiones alimentarias incorrectas, con implicaciones en salud pública y en el desempeño del mercado.

Cómo filtrar la información en un entorno saturado
Ante este panorama, los especialistas propusieron una serie de criterios básicos para el consumidor:
Verificar la fuente y su respaldo científico
Revisar la fecha de publicación para evitar información obsoleta
Evitar compartir contenido no verificado
“Difundir una información falsa no es solo un error, es amplificar su impacto”, señaló Moner. Aunque estas acciones no eliminan la desinformación, sí contribuyen a reducir su alcance y efectos.
El consenso entre los participantes fue claro: la solución no puede recaer únicamente en el consumidor.

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Entre la ciencia y la percepción
Combatir la desinformación requiere un enfoque coordinado entre:
Instituciones académicas
Industria alimentaria
Organismos regulatorios
Asociaciones de consumidores
Entre las propuestas destacan la creación de plataformas de verificación conjunta, el fortalecimiento de la educación alimentaria desde etapas tempranas y una mayor colaboración entre ciencia y comunicación.
La desinformación alimentaria seguirá presente, impulsada por su capacidad de adaptarse a nuevos formatos y tecnologías; sin embargo, el sistema alimentario cuenta con una base sólida construida sobre evidencia científica, regulación estricta y procesos de control robustos.
El desafío no es solo generar conocimiento, sino traducirlo en mensajes accesibles y confiables. En un entorno donde la información compite por atención, la confianza ya no es un supuesto: es un activo que debe construirse, comunicarse y sostenerse.
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Periodista digital con experiencia en medios como El Universal, Univision, Condé Nast y TecScience. Apasionada por la investigación y el storytelling.





