Diseño e innovación

Innovación en packaging: Lala convierte un hábito de consumo en una nueva función para su envase

Un envase de crema se convierte en punto de partida para explorar nuevas formas de diseñar packaging a partir del uso cotidiano.

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Hay envases que cumplen su función hasta el último bocado. Y hay otros que, cuando el alimento se termina, apenas comienzan otra etapa.

En México, el bote de crema pertenece desde hace tiempo a esta segunda categoría. Puede contener frijoles, salsa, arroz o el guisado que quedó de la comida. El problema es que, después de unos días en el refrigerador, ya nadie sabe con certeza qué hay dentro.

Ese comportamiento cotidiano se convirtió ahora en un punto de partida para una propuesta de innovación en packaging. Grupo Lala lanzó “Aquí se guarda”, una edición especial de sus envases de Crema Lala de 400 y 900 gramos, que incorpora un espacio para escribir qué contiene el recipiente después de que termina la crema.

Más allá de la campaña, el caso plantea una pregunta interesante para la industria alimentaria: ¿qué oportunidades aparecen cuando el diseño del packaging parte de observar cómo las personas utilizan realmente un envase, incluso después del consumo?

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Observar antes de diseñar

En desarrollo de envases, innovar no necesariamente implica incorporar una tecnología nueva o cambiar por completo el material de un recipiente.

También puede significar detectar una necesidad que ya existe y modificar el diseño para responder a ella.

En este caso, el comportamiento ocurrió antes que la intervención de la marca. El consumidor ya había encontrado una segunda utilidad para el envase. La modificación introducida por Lala consiste en reconocer ese uso y añadir una función concreta: un espacio para identificar el nuevo contenido.

Es una lógica de diseño centrada en el uso real.

Para los equipos de packaging, este tipo de casos abre una vía de exploración: mirar qué ocurre con un envase después de que sale de la línea de producción y llega a la cocina.

Ahí pueden aparecer comportamientos que no estaban contemplados originalmente: recipientes que se reutilizan para almacenar alimentos, empaques que terminan como organizadores, formatos que se adaptan a otros usos o componentes que los consumidores conservan por razones funcionales.

La observación de esos usos puede convertirse en una fuente adicional de información para diseño y desarrollo.

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Del contenedor al objeto que permanece en el hogar

El caso también muestra que la vida de un packaging no necesariamente termina cuando el consumidor consume el producto.

Desde una perspectiva de diseño, esto introduce otra dimensión: la permanencia del envase dentro del hogar.

El packaging alimentario tiene funciones primarias muy concretas: contener y proteger el alimento, facilitar su distribución y almacenamiento y comunicar información relevante al consumidor. En alimentos frescos, por ejemplo, el envase también puede intervenir en vida útil, inocuidad, reducción de merma y trazabilidad.

Pero cuando un recipiente adquiere una segunda función, aparecen otras variables de diseño.

  • ¿Es fácil de lavar?

  • ¿Puede cerrarse nuevamente?

  • ¿Tiene un formato práctico para almacenar alimentos?

  • ¿Permite identificar su nuevo contenido?

  • ¿Su geometría facilita el aprovechamiento del espacio en el refrigerador?

  • ¿El material y el sistema de cierre son adecuados para ese nuevo uso?

No todas estas preguntas forman parte necesariamente del desarrollo de un envase alimentario convencional. Sin embargo, los hábitos reales del consumidor pueden hacer que cobren importancia.

En “Aquí se guarda”, Lala aborda una de ellas de manera muy concreta: la identificación del contenido una vez que el recipiente deja de contener crema.