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Más allá del “light”: ciencia, regulación y mercado en el desarrollo de licores bajos en alcohol
Reducir el alcohol en licores no es una simple cuestión de bajar grados, sino un desafío tecnológico que implica aroma, textura y estructura

Periodista especializada Senior
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Históricamente los licores y destilados han ocupado un lugar dual, producto cultural (ritual, identidad, sociabilidad) y mercancía industrial (estandarización, fiscalidad, marcas globales). Durante décadas, la graduación fue una señal de calidad y potencia; en muchas categorías, más alcohol equivalía, en la narrativa comercial, a más carácter.
Sin embargo, esa ecuación se está reescribiendo a medida que el mercado global incorpora con más fuerza una pauta de consumo que ya no gira alrededor del exceso, sino de la moderación intencional.
La demanda de bebidas con menor contenido alcohólico no aparece en el vacío. Está vinculada a un contexto sanitario y regulatorio más estricto, a una conversación pública más dura sobre riesgos y, sobre todo, a un consumidor que busca “control” sin renunciar a la experiencia:
sabor
ritual
pertenencia social
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha enfatizado que no existe un nivel de consumo de alcohol completamente seguro para la salud, en particular por la evidencia relacionada con carcinogénesis. Esa postura convive con debates científicos y de políticas públicas, pero su efecto cultural es claro: incrementa la presión sobre la industria para ofrecer opciones de menor graduación y para comunicar con precisión qué significa realmente “light”.
Además, la moderación está dejando de ser marginal. IWSR proyecta crecimiento continuo para el segmento “no alcohol” y un avance más heterogéneo para “low alcohol”; en su análisis de 10 mercados clave, estima que el conjunto no low crece a un ritmo moderado, con el no alcohol aportando gran parte del dinamismo.
En un entorno de volumen total más lento, las categorías de menor alcohol funcionan como palancas de innovación, reclutamiento de consumidores y premiumización por valor (cuando la propuesta sensorial y de marca está bien ejecutada).
En México y Latinoamérica, el fenómeno tiene matices propios:
barreras culturales, preferencia por perfiles intensos en cerveza, destilados y coctelería.
marco normativo, qué se puede llamar “cerveza”, “bebida alcohólica” o “bebida no alcohólica”.
estructura fiscal influyen tanto como la tecnología.
Un caso ilustrativo es la discusión sobre “cerveza sin alcohol” en México: Profeco analizó productos “bajos en alcohol y cero” y subrayó la tensión entre denominaciones de uso común y definiciones normativas.
Este artículo parte de una premisa: reducir alcohol no es “restar” etanol; es reconstruir un producto. Y esa reconstrucción —tecnológica, sensorial, regulatoria y estratégica— define el verdadero reto detrás de las bebidas “light”.

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Panorama del mercado de bebidas bajas en alcohol
Los datos convergen en un patrón: el crecimiento más consistente se concentra en las opciones sin alcohol y, en algunos casos, en “low alcohol” asociado a RTDs; mientras que ciertas subcategorías “low” pueden mantenerse estáticas o crecer más lentamente.
IWSR ha señalado que el no-alcohol impulsará buena parte del incremento del universo no low hacia 2028, con un aporte incremental significativo en valor. Esto es relevante para “licores bajos en alcohol” por dos razones:
el consumidor no necesariamente busca “un poco menos” (low), sino “cero” en ocasiones específicas (trabajo, manejo, deporte, salud).
el producto “low” tiende a competir en un área ambigua: no entrega el beneficio máximo del “cero”, pero tampoco ofrece la intensidad del full-ABV, por lo que exige excelencia sensorial y un posicionamiento muy claro (momento de consumo, ritual, gastronomía, socialización).
Aun así, el segmento no low ya es suficientemente grande como para atraer inversión industrial. La asociación ANBA (adult non-alcoholic beverage) reporta valuaciones globales de la categoría y proyecciones de crecimiento en el conjunto no low.
Y Euromonitor ha descrito el fenómeno “zebra striping” (alternar bebidas alcohólicas y no alcohólicas en una misma ocasión) como un vector que reconfigura hábitos de consumo, con incrementos notables en subcategorías no-alcohol.
Segmentos clave: cerveza, vino y destilados y aperitivos low ABV
En términos de volumen, la cerveza y el beer-adjacent suelen ser la puerta de entrada, por hábito, precio y disponibilidad. En vino, el reto sensorial es particularmente delicado por la estructura del producto; por eso la evolución tecnológica en desalcoholización es tan visible.
Para licores y destilados, el mapa es más amplio y conviene separar tres universos que, en la práctica, compiten por la misma “ocasión de moderación”:
Low ABV tradicional: aperitivos, vermouths, amari, licores amargos y aromatizados en rangos típicos de 11%–22% ABV (dependiendo del país y la categoría).
Reduce alcohol en bebidas base vino o aromatizadas, o RTDs espirituosos de baja graduación.
No-alcohol spirits (0.0–0.5%): productos que replican el ritual del destilado mediante destilación de botánicos, extracción y reconstitución aromática.
En Latinoamérica, el desempeño de no low depende de factores macro como inflación, poder adquisitivo, on-premise vs off-premise y de la velocidad con que la innovación llega a anaquel.
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El papel funcional del etanol: por qué quitarlo cambia todo
Para entender el reto, hay que reconocer al etanol como ingrediente funcional. No es sólo “contenido alcohólico”: actúa como solvente de compuestos aromáticos, modifica volatilidad, aporta calor trigeminal (sensación de “golpe”), influye en viscosidad percibida, y condiciona la estabilidad microbiológica. Quitar alcohol implica perder parte del “andamiaje” sensorial y fisicoquímico del producto.
La industria suele operar con dos rutas generales:
producir alcohol y removerlo después (post-proceso).
limitar su formación (proceso biológico controlado).
En vino, la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) formaliza la desalcoholización como tratamiento enológico orientado a reducir parte o casi todo el etanol del vino, con métodos permitidos (vacío, membranas, destilación) y condiciones de uso.
Esa lógica —con adaptaciones— se ha trasladado a otras categorías cuando el objetivo es “mantener identidad” y no crear un producto totalmente nuevo.

Reducir el alcohol en licores no es una simple cuestión de bajar grados, sino un desafío tecnológico que implica aroma, textura y estructura. Foto: Freepik
Técnicas físicas (separación): vacío, membranas y recuperación aromática
Destilación al vacío. Al reducir presión, baja el punto de ebullición y puede removerse alcohol a temperaturas más benignas. El beneficio es evidente: menor daño térmico sobre aromas.
El costo: aun a baja temperatura, parte de los volátiles se van con el etanol, y se requiere ingeniería para recuperar fracciones aromáticas y reincorporarlas. Además, hay penalizaciones energéticas si el sistema no está optimizado.
Spinning Cone Column (SCC). Es una tecnología conocida por separar, en etapas, compuestos volátiles aromáticos y luego alcohol, favoreciendo la “captura” de aromas antes de la remoción de etanol. Se usa ampliamente en desalcoholización de vino y en algunos desarrollos de bebidas base botánicos. Fuentes del sector describen su principio como evaporación a baja temperatura bajo vacío, con separación de volátiles.
Membranas. El objetivo es separar componentes con menor estrés térmico. Un cuerpo de literatura científica revisa la eficacia y el impacto sensorial de estas rutas. Un trabajo clásico sobre separación por membranas indica que técnicas como nanofiltración y pervaporación pueden ser efectivas para desalcoholizar vino preservando características, aunque los resultados dependen de condiciones de operación y del vino base.
Estudios más recientes continúan analizando cómo presión y parámetros del proceso afectan retención aromática y perfil sensorial en vinos low.
Ósmosis inversa y “aroma stripping” controlado. En práctica industrial, muchos esquemas combinan separación y reconstitución: se retiran fracciones (incluyendo etanol), se concentran o recuperan volátiles y se recombinan para acercarse al perfil original. Lo “difícil” no es llegar a un ABV objetivo, sino evitar que el producto final parezca “diluido”, “cocido” o aromáticamente plano.
Técnicas biológicas: menos alcohol desde la fermentación
Para bebidas fermentadas (cerveza, vino base para bebidas aromatizadas), la industria trabaja con:
levaduras seleccionadas por menor rendimiento alcohólico o diferente cinética
fermentación limitada o detenida
estrategias de proceso que reducen producción de etanol sin perder completamente el bouquet
En ese sentido, Profeco, al explicar procesos en cervezas bajas en alcohol, menciona enfoques como detener fermentación o técnicas para eliminar alcohol por debajo de ciertos umbrales.
La trampa tecnológica aquí es clara: si se detiene fermentación demasiado pronto, se retiene azúcar residual y cambia el cuerpo y el dulzor percibido; además, aumenta la exigencia sobre control microbiano y vida de anaquel.
Técnicas “químicas” y coadyuvantes: la frontera de lo permitido
En bebidas alcohólicas, el uso de enzimas y coadyuvantes se mueve dentro de marcos normativos estrictos. En vinos, por ejemplo, la OIV define y acota tratamientos aceptables; en otras bebidas, el marco depende del país y de la categoría.
En general, el papel de “lo químico” en reducción de alcohol es más indirecto: modulación de fermentación, ajuste de estabilidad, soporte a liberación aromática o corrección sensorial, siempre bajo límites permitidos.

Los avances en matrices, formulación aromática y diseño sensorial están permitiendo crear bebidas “light” con identidad propia. Foto: Freepik
Innovación en formulación y sensorialidad
Si se elimina o reduce etanol, aparece un vacío sensorial: menos volatilidad aromática (menos impacto en nariz), menos “calor” trigeminal, menos viscosidad percibida, y frecuentemente una caída en persistencia. Por eso, en licores bajos en alcohol, la innovación real se concentra en cuatro ejes.
1) Recuperación y reintroducción de compuestos aromáticos
En procesos de separación, los compuestos volátiles pueden perderse. La industria responde con captura de fracciones aromáticas (antes o durante la remoción de alcohol) y su reincorporación, cuidando oxidación y estabilidad. En vino desalcoholizado, revisiones recientes sintetizan cómo técnicas (RO, SCC, vacío, pervaporación) impactan compuestos y percepción sensorial.
2) Botánicos y “arquitectura” del sabor
En destilados y aperitivos, el alcohol también es un solvente clave de terpenos, aldehídos y otros volátiles botánicos. Para “low ABV”, muchas formulaciones refuerzan identidad con:
maceración e infusión botánica optimizada
destilación fraccionada de botánicos
uso de extractos naturales estandarizados
construcción de amargor estructural para dar longitud en boca
El punto es que el botánico no funciona como maquillaje; funciona como estructura sensorial para compensar ausencia de etanol.
3) Encapsulación y liberación controlada
En categorías donde el aroma “se cae” por falta de etanol, se exploran tecnologías de encapsulación (spray drying, emulsiones, complejos, carriers) para proteger volátiles y liberarlos en boca. Aunque la aplicabilidad depende de la matriz y de requisitos de transparencia/etiquetado, el principio es consistente: preservar impacto aromático en el momento de consumo.
4) Balance de dulzor, acidez y cuerpo
Cuando el alcohol baja, el dulzor residual se percibe más, el amargor puede dominar y la acidez se vuelve filosa. Esto empuja a estrategias de formulación:
ajuste de acidez titulable/pH
uso cuidadoso de amargos
coadyuvantes para mouthfeel
control estricto de carbonatación, porque el CO₂ puede “adelgazar” cuerpo o acentuar acidez
El riesgo reputacional es serio: si el producto se percibe como “refresco caro con botánicos”, el consumidor lo abandona y el canal pierde interés.
Aspectos regulatorios y normativos: cuando “light” no es una definición legal
Definiciones que importan
En México, la Ley General de Salud define bebidas alcohólicas como aquellas con alcohol etílico entre 2% y 55% en volumen. Este dato es crucial: un producto por debajo de 2% puede caer fuera de la categoría “bebida alcohólica” para efectos de esa ley, lo cual afecta denominación, marketing, canal y obligaciones.
En etiquetado, la NOM-142-SSA1/SCFI-2014 establece especificaciones sanitarias y comerciales, incluyendo la forma de indicar contenido alcohólico como porcentaje en volumen (a 20°C) y abreviaturas aceptadas. En términos prácticos, esto condiciona cómo se presenta un “low ABV” en México y qué tan transparente es el mensaje para el consumidor.
En Estados Unidos, la autoridad TTB define reglas de declaración de contenido alcohólico y clasificaciones para malt beverages, incluyendo el umbral de 0.5% ABV como referencia relevante en etiquetado y designación.
En la Unión Europea, la regulación ha avanzado de forma clara para vinos desalcoholizados y parcialmente desalcoholizados, creando definiciones y términos a usar; la Reg. (UE) 2021/2117 es una pieza central de ese marco.
El caso México: “cerveza sin alcohol” y el impacto de la denominación
Profeco publicó un estudio de calidad sobre cervezas bajas en alcohol y cero, con análisis de múltiples productos, procesos y composición. Además, se volvió mediático el mensaje institucional: bajo el marco vigente, no todo lo que el consumidor llama “cerveza” puede etiquetarse así si no cumple la definición aplicable, generando ajustes de denominación y comunicación.
Aunque el ejemplo es cerveza, la lección aplica directamente a licores bajos en alcohol: la categoría legal define lo que se puede prometer. Y si “light” no está definido como claim regulatorio, su uso puede convertirse en riesgo reputacional (health-washing) o incluso legal, dependiendo de cómo se asocie a salud o a reducción de riesgo.
Riesgos de percepción y confianza: “light” no significa saludable
A medida que crecen alertas sanitarias sobre alcohol, también crece la sensibilidad del consumidor a mensajes ambiguos. La OMS ha reforzado públicamente que no hay un umbral “seguro” universal, por lo que un marketing que sugiera inocuidad por menor graduación puede ser cuestionado.
En EE. UU., el debate sobre etiquetado y salud se ha intensificado; por ejemplo, Reuters reportó el llamado del Surgeon General a advertencias de cáncer en bebidas alcohólicas, lo que ilustra el endurecimiento del clima regulatorio y social.
Para una estrategia B2B, esto implica: si se usa “light”, hay que definirlo con métricas (ABV, calorías, porción) y evitar inferencias de “saludable” salvo que exista sustento normativo y científico.

El desarrollo de licores bajos en alcohol es un campo tecnológico y sensorial en auge, enfocado en la calidad del sabor y la experiencia. Foto: Freepik
Perspectiva estratégica para la industria
Oportunidades de diversificación con lógica de ocasión
La estrategia ganadora en licores bajos en alcohol rara vez es “mismo producto, menos alcohol”. Funciona mejor cuando se construye una ocasión:
aperitivo temprano
socialización sin embriaguez
consumo híbrido
coctelería “sessionable”
Riesgo de canibalización y arquitectura de portafolio
El riesgo real no es sólo canibalización, sino confusión de portafolio. Si el low ABV se posiciona como sustituto directo del full-ABV sin diferenciación de ocasión y precio, termina compitiendo con la marca madre y perdiendo en ambos frentes. En cambio, cuando el low/no se plantea como expansión de ocasiones, puede sumar frecuencia sin erosionar el core.
Regulación como ventaja competitiva
En México, entender y anticipar el marco legal es una ventaja. La definición de bebida alcohólica (2%–55% v/v) y las obligaciones de etiquetado de NOM-142 deben incorporarse desde I+D hasta marketing. En la UE, el avance regulatorio para vinos desalcoholizados muestra hacia dónde se mueve el mundo: categorías más precisas, términos estandarizados y exigencias de información al consumidor.
El “light” del futuro: menos adjetivos, más ciencia
Si la conversación sanitaria continúa endureciéndose —y señales recientes en mercados como EE. UU. apuntan a más presión sobre etiquetado y riesgos—, el término “light” tenderá a perder eficacia como palabra paraguas. La industria tendrá que migrar a una comunicación más técnica: ABV claro, calorías por porción cuando aplique, ingredientes y proceso cuando agreguen confianza, y un discurso de consumo responsable sin prometer “salud”.
El reto detrás del “low” es industrial
Los licores bajos en alcohol son, en esencia, un problema de ingeniería de producto: cuando baja el etanol, se desarma parte del sistema sensorial y fisicoquímico. Las tecnologías de separación (vacío, membranas, SCC) y las rutas biológicas (fermentación controlada) permiten alcanzar objetivos de ABV, pero el éxito comercial depende de algo más complejo: recuperar aroma, reconstruir cuerpo, modular dulzor/amargor y sostener estabilidad.
En el mediano plazo, la pregunta “¿moda pasajera o transformación estructural?” se responde con una observación: la moderación ya tiene infraestructura —datos, inversión, regulación en evolución y cambios de hábito documentados— y está empujando a la industria a competir en un nuevo terreno donde el alcohol deja de ser el atributo central.
La ventaja competitiva pertenecerá a quienes integren ciencia sensorial, tecnología de procesos y cumplimiento normativo en una propuesta honesta, medible y, sobre todo, disfrutables para el consumidor.

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Periodista especializada Senior
Periodista especializada con más de 15 años en medios de comunicación. En los últimos 8 años ha enfocado sus conocimientos y competencias en la industria de alimentos y bebidas, y en el sector de packaging para alimentos.






