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Químicos eternos en la mesa: el adiós a los PFAS en los envases europeos ya es un asunto de la industria alimentaria latinoamericana
Europa prohibirá PFAS en envases alimentarios desde agosto de 2026. Así es como el PPWR impacta a exportadores latinoamericanos, envases, trazabilidad y comercio agroalimentario.

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El 12 de agosto de 2026, Europa cierra la puerta a las sustancias perfluoroalquiladas en envases que interactúen con alimentos; no hay periodo de gracia ni inventario que valga a partir de esta fecha. Para los productores de México y Latinoamérica es indispensable considerar esta nueva directriz, para lograr exportar productos que lleguen a las góndolas europeas.
Imaginemos que un cargamento de fresas mexicanas es detenido en un puerto alemán. No hay ningún problema de calidad con la fruta, ni se requiere de un trámite aduanal adicional que esté extraviado. El motivo detrás de este suceso es invisible, pues se encontraron trazas de un compuesto químico en el cartón que contiene a las fresas. En cuestión de horas, el cargamento deja de ser una exportación para convertirse en un costo; la escena, que hasta hace poco parecía improbable, es el tipo de riesgo que la nueva regulación europea de envases coloca sobre la mesa a partir de 2026.




El protagonista de esta historia tiene un nombre técnico poco amigable: sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, o PFAS, considerados “químicos eternos”. Se llaman así porque prácticamente no se degradan; pueden tardar décadas o incluso siglos en desaparecer del ambiente y del cuerpo humano.
Durante el webinar “Are you ready for the impending PFAS compliance under PPWR in Europe?”, organizado por la World Packaging Organisation (WPO), los especialistas Lina Wimmer y el Dr. Manfred Tacker, de Circular Analytics, junto al moderador Dr. Johannes Bergmair, dejaron una idea que resuena con fuerza: este no es un proyecto a futuro, es una tarea que empieza hoy. Y aunque la norma es europea, su onda expansiva llega directo a quien quiera vender comida en ese continente.

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Antes de hablar de reglamentos, hay que entender qué hace tan incómodos a estos compuestos. Los PFAS son un grupo enorme de químicos sintéticos que se calculan miles de variantes y han sido usados desde la década de 1940 por una virtud muy práctica y concreta: repelen la grasa y el agua.
Esa propiedad explica por qué llegan a estar presentes en cajas de la pizza para que no se ablande, en la bolsa de palomitas para microondas, en el envoltorio de una hamburguesa o en recipientes de fibra moldeada… el problema es que esa misma resistencia los vuelve persistentes.
Los PFAS pueden migrar del envase al alimento dependiendo del material, el tiempo de contacto, la temperatura y la longitud de la cadena química; el consumo de palomitas de microondas, por ejemplo, se ha asociado a niveles elevados de estas sustancias en sangre. La problemática ocurre cuando se acumulan muchos PFAS en el organismo, incluso las exposiciones pequeñas y repetidas a lo largo del tiempo cuentan.

El PPWR: la regulación de envases más ambiciosa de Europa
La restricción de PFAS no llega sola. Es la primera pieza visible de un marco mucho más grande: el Reglamento (UE) 2025/40 sobre Envases y Residuos de Envases, conocido por sus siglas en inglés como PPWR (Packaging and Packaging Waste Regulation). A diferencia de su antecesora, la Directiva 94/62/CE que cada país traducía a su manera, el PPWR tiene rango de reglamento: se aplica de forma directa e idéntica en los 27 Estados miembros, sin margen de interpretación nacional.
A lo largo de un texto legal extenso y complejo, el PPWR redibuja todo el ciclo del envase: obliga a que sean reciclables, fija contenido mínimo de material reciclado, exige minimizar el peso y volumen, restringe formatos innecesarios y arma un etiquetado armonizado para toda la Unión. Como advirtió la WPO en su webinar, este reglamento será compañero de la industria del empaque durante los próximos diez o quince años.
Una cadena de responsabilidades compartidas
Uno de los conceptos que más confusión genera es el de los operadores económicos. El PPWR define cinco roles y reparte obligaciones distintas a cada uno:
proveedor
productor
fabricante
importador
distribuidor
Para quien produce fuera de Europa, la figura clave es el importador: la persona establecida en la Unión que coloca el envase en el mercado y, por tanto, quien carga con la obligación legal de demostrar conformidad, incluido el tema de PFAS, según explicó Lina Wimmer, MSc, Senior Consultant Circularity.
Este es el punto fino para Latinoamérica: aunque el importador europeo firme los papeles, el fabricante extranjero es quien debe aportar la información (especificaciones de materiales, evidencia de cumplimiento de límites de metales pesados y PFAS, datos de contenido reciclado). La documentación técnica y la declaración de conformidad se elaboran de forma conjunta. En otras palabras, el exportador no puede lavarse las manos delegando todo en su comprador europeo.
La Declaración de Conformidad: el ADN del envase
Durante el webinar, Wimmer describió la Declaración de Conformidad (DoC) como el “ADN de un envase”; sin ella, dijo, sencillamente no se puede vender en Europa. El documento debe demostrar el cumplimiento de los artículos 5 a 12 del reglamento, mantenerse actualizado y estar traducido a los idiomas que exija cada Estado miembro.
Además, debe emitirse por cada identificación única de envase, es decir, por cada combinación específica de producto y empaque, según aclararon los expertos en la ronda de preguntas posterior.
¿Basta con reenviar la declaración del proveedor del material? No. Si se ensamblan componentes, si se llena el envase o se crea un nuevo nivel de sistema, se debe emitir una propia DoC bajo el nombre de la empresa.
La sugerencia es comenzar desde ahora, pues el periodo de conservación de esta documentación es de cinco años para envases de un solo uso y diez para los reutilizables, y las autoridades pueden pedir toda la información en un plazo de apenas diez días.

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12 de agosto de 2026: la fecha sin red de seguridad
El artículo 5 del PPWR es el que enciende las alarmas inmediatas. A partir del 12 de agosto de 2026, todo envase en contacto con alimentos que se coloque por primera vez en el mercado europeo deberá respetar tres umbrales de PFAS de forma simultánea. Los límites son extraordinariamente bajos, como detalló el Dr. Tacker, Chief Scientific Officer, Circular Analytics and Packaging Cockpit:
Umbral | ¿Qué mide? | Límite |
PFAS individual no polimérico | Cada sustancia por separado | < 25 ppb |
Suma de PFAS no poliméricos | Conjunto de no poliméricos | < 250 ppb |
PFAS total (incl. poliméricos) | Contenido total, vía flúor | < 50 ppm |
Lo más duro: no hay periodo de transición
El PPWR no contempla agotamiento de existencias. Todo lo fabricado antes del 12 de agosto de 2026 debe haberse colocado en el mercado ANTES de esa fecha.
Después, ningún producto alimentario podrá entrar al mercado europeo si su envase supera los límites de PFAS. La consecuencia: retiro del producto del mercado y sanciones económicas que cada Estado miembro definirá por su cuenta.
Esa ausencia de prórroga es el detalle que más complica la logística. Como recordaron los ponentes, hasta agosto quedan apenas unos cien días hábiles (casi unas 8 mil horas de trabajo) para tener lista la documentación.
¿Dónde se esconden los PFAS?
Durante la ponencia, el Dr. Tacker fue claro en un punto que sorprende a muchos: los PFAS no están solo en el papel antigrasa. Aparecen en lugares insospechados a lo largo de toda la cartera de envases.
Papel y cartón: barreras de grasa y agua; el cartón reciclado es de los más riesgosos porque no se sabe qué entró al reciclador.
Fibra moldeada: recipientes “compostables” que a veces necesitan PFAS para no desintegrarse con líquidos.
Plásticos: auxiliares de proceso, tratamientos superficiales y, sobre todo, recubrimientos antivaho, una de las aplicaciones de mayor riesgo que impide la condensación del empaque para ver claramente su interior.
Metal: ni el acero ni el aluminio se salvan; los recubrimientos internos de latas pueden contener PFAS.
Sin embargo, la restricción de PFAS del PPWR aplica únicamente a los componentes en contacto con el alimento. Si una película de PE toca la comida, pero el cartón corrugado exterior no, solo la película debe analizarse, así se especificó durante el segmento de preguntas y respuestas del webinar. Tampoco aplica a envases de cosméticos ni a productos como hisopos de algodón, que no se clasifican como contacto alimentario.




El método: gestionar el riesgo cuando no hay manual
No obstante, también estamos dentro de una gran paradoja descrita por Tacker: la regulación avanza más rápido que la orientación operativa. No existe todavía un método armonizado y oficial para medir PFAS en envases conforme al PPWR; distintos laboratorios analizan 22, 69 o hasta 165 compuestos según su propio criterio, y la Comisión Europea no publicará una metodología armonizada antes del 12 de agosto, reconocieron los expertos.
Ante ese vacío, Circular Analytics desarrolló un enfoque basado en el riesgo, implementado en su software Packaging Cockpit, que combina evidencia científica, conocimiento de materiales y verificación, en lugar de depender únicamente de pruebas que resultan caras y para estos términos son ineficientes. La lógica es una matriz que clasifica cada componente en cuatro niveles:
Clase | Nivel de riesgo | Ejemplo típico |
1 y 2 | Muy bajo | Papel virgen, ceras, adhesivos termofundidos |
3 | Medio | Laminados papel-plástico, auxiliares de proceso |
4 | Alto | Papel con barrera de grasa, recubrimiento antivaho |
El procedimiento es gradual: primero se identifica el riesgo de cada componente, luego se clasifica el envase completo sumando sus partes y, por último, se respalda el cumplimiento con declaraciones de proveedores, la estrategia de prueba óptima y la documentación final. La versión preliminar de esa matriz de riesgo ya está disponible públicamente.
En la práctica, el método recomienda un análisis por etapas:
Empezar con un cribado de flúor total como indicador
Pasar al flúor orgánico total para descartar el flúor inorgánico
Y solo profundizar con técnicas avanzadas (como pirólisis-GC/MS o el ensayo TOP) cuando los resultados lo exijan.
“Los datos son la nueva materia prima en el mundo del empaque. Solo quien tiene bajo control su cadena de datos de materiales podrá demostrar conformidad”, aseguró Lina Wimmer.
Ese, quizá, es el mensaje más transferible a cualquier latitud: el cuello de botella no es la química, sino la trazabilidad. Muchas marcas y minoristas ni siquiera tienen acceso a la composición detallada de sus propios envases, porque dependen de proveedores que rara vez revelan su “receta”. Sin esa información, la evaluación de riesgo es imposible.

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México y Latinoamérica: el espejo de una regulación ausente
Aquí, la historia da un giro incómodo. Mientras Europa endurece los límites, América Latina vive un escenario casi opuesto: un vacío regulatorio. La información sobre contaminación por PFAS en la región es todavía incipiente y los marcos normativos específicos para estas sustancias en envases alimentarios son prácticamente inexistentes.
México no cuenta con una Norma Oficial Mexicana que fije límites de PFAS en materiales en contacto con alimentos equivalentes a los europeos. Eso no significa que el problema no exista, pero hace ver que, por ahora, el consumidor latinoamericano está menos protegido frente a sustancias que el continente europeo está expulsando activamente de sus góndolas. Al respecto, investigadores de la Universidad de Guanajuato, ya estudian la presencia de PFAS en envolturas de alimentos en el país.
El comercio como el verdadero detonante
Si la salud pública no bastara como argumento, el comercio lo vuelve impostergable. En 2025, México exportó alrededor de 1.513 millones de dólares en productos agroalimentarios y pesqueros a la Unión Europea, ubicándose como su proveedor número 30. Y la ambición es mucho mayor.
Con la modernización del Tratado de Libre Comercio entre México y la Unión Europea (TLCUEM), que elimina aranceles a más del 83% de los productos agroalimentarios, el país proyecta aumentar 50% sus exportaciones hacia 2030, pasando de unos 23.800 a 36.100 millones de dólares. Aguacate, berries, miel, mango, tequila y mezcal se preparan para entrar a un mercado de 450 millones de consumidores.
La letra pequeña es que esa puerta abierta tiene un guardián químico. Cada uno de esos productos viajará dentro de un envase, y ese envase deberá cumplir el PPWR. Como resume la industria del empaque agrícola, el costo de la “no conformidad”, como podría ser el cargamento rechazado de fruta que imaginamos al inicio, puede ser muchas veces superior al costo del propio envase.
El argumento que cualquier director financiero entenderá
Esta modificación no solo implica cumplir una norma extranjera; es proteger un canal de exportación que México quiere hacer crecer un 50% en cinco años.
Un envase no conforme convierte una venta en una pérdida total: desde producto retirado, hasta logística perdida y daño reputacional con el comprador europeo.
Además, existe una señal de hacia dónde sopla el viento. Algunas compañías que operan en México ya han anunciado que para julio de 2026 todas las latas que produzca para el mercado europeo estarán libres de recubrimientos internos con BPA, con la finalidad de estar en línea con su compromiso de eliminar gradualmente PFAS y BPA del empaque alimentario. En otras palabras, la transición ya está ocurriendo dentro de la región, impulsada por la demanda externa.
¿Cómo saber si se está preparado?
La pregunta que dio título al webinar de la WPO “¿Está preparado para el inminente cumplimiento de las obligaciones de los fabricantes de envases en virtud del PPWR?” merece una respuesta accionable.
Cuando se les pidió a los expertos definir el “mínimo absoluto” antes del 12 de agosto, el Dr. Tacker fue directo: asegurar el cumplimiento de PFAS, porque sin la composición del envase no hay evaluación de riesgo posible, y sin pruebas no hay conformidad que demostrar.
A partir de la sesión, este es el camino que habría que tomar:
Analizar el statu quo. Identificar cuántos artículos, materiales y proveedores se tienen, y de dónde vienen (UE o fuera de la UE).
Construcción de matriz de riesgo. Priorizar de inmediato los envases en categorías 3 y 4, con mayor probabilidad de contener PFAS.
Cerrar los huecos de datos. Reunir declaraciones de proveedores y la composición detallada de cada componente en contacto con el alimento.
Probar lo necesario. Aplicar el enfoque gradual: flúor total, luego flúor orgánico total, y análisis específicos donde el riesgo lo amerite.
Documentar y responder “por qué cumple”. Centralizar todo en un solo sistema que permita entregar la información en menos de diez días. Verificar también metales pesados (límite de 100 mg/kg) y, si aplica, las obligaciones de reutilización del artículo 11.
Para los productores latinoamericanos hay un paso cero que los europeos dan por sentado: exigir transparencia a la cadena de suministro. Muchos proveedores solo confirmarán las sustancias “no añadidas intencionalmente”, por lo que conviene verificar dos veces y, ante envases de alto riesgo, no escatimar en pruebas de laboratorio.
En este contexto, la regulación europea funciona como un imán que reordena la industria mucho más allá de sus fronteras. Para México y Latinoamérica, los “químicos eternos” dejan de ser un tecnicismo de laboratorio para convertirse en una variable de negocio y un asunto de salud pública.
El 12 de agosto de 2026 no es una fecha arbitraria: es el día en que la trazabilidad de un envase puede decidir si una fresa cruza el Atlántico o se queda varada en un puerto. La buena noticia es que el tiempo para prepararse, aún existe.
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Editora de Contenidos en The Food Tech®️
Comunicóloga con más de 10 años como creadora de contenidos para medios impresos, digitales y audiovisuales sobre la industria de alimentos y bebidas. Sommelier de té, especialista en cata, maridaje, producción y calidad de Camellia Sinensis.





