Seguridad e inocuidad alimentaria

IA y blockchain en seguridad alimentaria: ¿qué tan lista está la cadena de suministro regional para la convergencia?

La región todavía enfrenta retos estructurales que van mucho más allá de adoptar nuevas tecnologías.

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Durante años, la trazabilidad alimentaria se entendió como la capacidad de reconstruir el recorrido de un producto desde su origen hasta su destino. Si bien hoy ese objetivo sigue vigente, resulta insuficiente frente a cadenas de suministro más extensas, fragmentadas y expuestas a riesgos sanitarios, logísticos y comerciales.

La industria ya no sólo necesita conocer dónde estuvo un alimento después de que ocurre una contaminación. También requiere detectar desviaciones antes de que el producto llegue al mercado, identificar con precisión qué lotes están comprometidos y reducir el alcance de los retiros para no inmovilizar mercancía que no representa un riesgo.

En ese contexto, la convergencia entre inteligencia artificial (IA), internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés de internet of things) y blockchain se perfila como una arquitectura capaz de fortalecer la seguridad alimentaria. No porque una sola de estas tecnologías resuelva la trazabilidad, sino porque cada una cubre una función distinta dentro del flujo de información.

Los dispositivos conectados pueden registrar variables como temperatura, humedad, ubicación o tiempo de permanencia. Blockchain puede conservar y compartir evidencias sobre determinados eventos, mientras que la inteligencia artificial analiza grandes volúmenes de datos para reconocer anomalías, relaciones y patrones que serían difíciles de identificar mediante una revisión manual.

La promesa es construir una cadena capaz de observar lo que ocurre con un alimento, comprobar el historial de cada lote y reaccionar antes de que una desviación operativa se convierta en una crisis sanitaria. Sin embargo, entre esa posibilidad técnica y su aplicación generalizada existe una distancia importante.

América Latina no parte de cero. En la región ya existen exportadores, procesadores y cadenas agroalimentarias que utilizan identificación digital, sensores, plataformas de trazabilidad o analítica avanzada. El problema es que esas capacidades no se distribuyen de manera uniforme entre países, sectores y tamaños de empresa.

Mientras algunas organizaciones pueden rastrear un lote en pocos minutos, numerosos productores primarios, pequeños procesadores y proveedores todavía dependen de documentos impresos, hojas de cálculo o sistemas que no intercambian información. El resultado es una cadena donde conviven procesos altamente digitalizados con operaciones que aún necesitan llamadas, correos y revisiones manuales para reconstruir el recorrido de un producto.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha advertido que el aprovechamiento productivo de la IA en la región está condicionado por el rezago en inversión, infraestructura y capacidades laborales. Su análisis más reciente sostiene que la tecnología ya puede generar mejoras de productividad, pero su impacto dependerá de la disponibilidad de personal calificado, activos digitales y políticas capaces de extender su uso más allá de las empresas con mayores recursos

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Esta desigualdad resulta especialmente relevante en seguridad alimentaria. La trazabilidad de extremo a extremo no depende únicamente de la planta con el sistema más avanzado, sino de la capacidad de todos los participantes para generar y compartir datos confiables. Una procesadora puede tener sensores, automatización y modelos predictivos, pero seguirá enfrentando puntos ciegos si sus proveedores no identifican los lotes bajo criterios compatibles.

Por eso, hablar de convergencia tecnológica puede resultar engañoso cuando el análisis se limita a comprobar si existen soluciones de IA o blockchain en el mercado. La tecnología está disponible. Lo que todavía no existe a escala regional es un ecosistema homogéneo de datos, estándares, conectividad y capacidades operativas que permita utilizarla en todos los eslabones.

La discusión tampoco debe reducirse a sustituir registros de papel por una plataforma digital. Digitalizar un dato no garantiza que éste sea correcto, completo o comparable con el de otras organizaciones. Una cadena puede incorporar varias herramientas y continuar fragmentada si cada empresa identifica productos, ubicaciones y eventos bajo criterios diferentes.

Ésta es la razón por la que los estándares internacionales de trazabilidad se concentran primero en la arquitectura del sistema y no en una tecnología específica. La Norma ISO 22005 establece los principios y requisitos básicos para diseñar e implementar un sistema de trazabilidad en cualquier etapa de las cadenas de alimentos y piensos. Su enfoque es flexible y permite que cada organización defina los medios tecnológicos más adecuados según sus objetivos y riesgos.

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El principio es relevante porque coloca el orden correcto de las decisiones. Una empresa necesita definir primero qué desea rastrear, qué información debe conservar, quién es responsable de capturarla y cómo se relacionarán los datos de entrada con los de salida. Después puede evaluar si requiere sensores, analítica avanzada, una base de datos convencional o blockchain.

Cuando el proceso se invierte, la organización corre el riesgo de adquirir una solución sofisticada sin haber resuelto las bases operativas de su trazabilidad. Puede acumular más información, pero no necesariamente responder con mayor rapidez ante un incidente.

El Estándar Global de Trazabilidad de GS1 parte de una lógica similar. Su objetivo es apoyar a organizaciones e industrias en el diseño de sistemas que permitan identificar objetos trazables, ubicaciones y acontecimientos, además de compartir información mediante un lenguaje común. El estándar busca que la trazabilidad funcione a través de toda la cadena, no sólo dentro de los límites de una compañía.

Por tanto, el verdadero indicador de madurez no es cuántas organizaciones anuncian proyectos de IA o blockchain. La pregunta más útil es cuántas pueden identificar un lote de manera consistente, vincularlo con materias primas y destinos, recuperar sus registros con rapidez y compartirlos sin volver a capturar la información.

¿Qué tan avanzada está la adopción de IA y blockchain para trazabilidad en la cadena alimentaria regional?

A primera vista, la adopción parece avanzar con rapidez. Los proyectos de sensores conectados, modelos predictivos, plataformas de trazabilidad y registros distribuidos son cada vez más frecuentes en la conversación sobre seguridad alimentaria.

Sin embargo, estos desarrollos no equivalen todavía a una adopción generalizada. La transformación ocurre a distintas velocidades según el tamaño de la empresa, el sector, la infraestructura disponible y las exigencias del mercado al que se dirige la producción.

Los mayores avances suelen concentrarse en grandes procesadores, exportadores y organizaciones sometidas a requisitos sanitarios o comerciales estrictos. Para estas compañías, la trazabilidad digital no sólo mejora el control interno. También ayuda a demostrar el origen, el tratamiento y las condiciones logísticas de un alimento ante clientes y autoridades.

El panorama cambia en los eslabones donde predominan unidades productivas de menor tamaño. Allí pueden coexistir conectividad limitada, registros manuales, poca automatización y sistemas adquiridos para resolver necesidades administrativas, pero no para intercambiar información a lo largo de toda la cadena.

Esta combinación produce una madurez tecnológica desigual. Una empresa puede conocer con precisión lo que sucede dentro de su planta, pero perder visibilidad cuando recibe ingredientes de varios proveedores o cuando su producto pasa por transportistas, distribuidores y puntos de venta con sistemas incompatibles.

  • Durante los últimos años se ha vuelto común afirmar que la inteligencia artificial, blockchain y el internet de las cosas marcarán el futuro de la seguridad alimentaria. Sin embargo, cuando se busca medir qué tan avanzadas están realmente estas tecnologías en la cadena de suministro latinoamericana aparece una primera dificultad: todavía no existe una encuesta regional que cuantifique de manera específica su nivel de adopción en la industria.

Uno de los análisis más completos sobre el tema fue elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y BID Lab , a partir de una revisión de casos de uso de blockchain en cadenas de valor agropecuarias de América Latina y el Caribe. El estudio encontró que las aplicaciones más maduras se concentran en un 80% del universo de productores agropecuarios de América Latina y el Caribe.

Aunque el objetivo de la investigación no era medir el uso de inteligencia artificial o blockchain, sí identificó las condiciones que hoy determinan la capacidad de las empresas para avanzar hacia procesos de mayor digitalización. Los participantes señalaron como principales barreras los elevados costos logísticos, el acceso limitado al financiamiento y la necesidad de fortalecer las capacidades de innovación y adopción tecnológica.

  • En otras palabras, para una parte importante del sector agroalimentario latinoamericano el reto inmediato sigue siendo construir las condiciones básicas para digitalizar sus operaciones antes de incorporar herramientas avanzadas de análisis o registros distribuidos.

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En este contexto sería natural preguntarse ¿qué pasa con la información que no se procesa? porque no desaparece necesariamente. Con frecuencia queda repartida en documentos, bases de datos, etiquetas y plataformas que no se comunican entre sí. En caso de una alerta, el problema consiste en localizarla, validarla y relacionarla antes de que el incidente se extienda.

  • La Food Traceability Rule de la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) muestra hacia dónde se dirige esta exigencia. La norma establece obligaciones adicionales de registro para los alimentos incluidos en la Food Traceability List y requiere conservar elementos clave de datos vinculados con acontecimientos críticos de seguimiento, como recepción, envío, transformación o empaque inicial.

La FDA denomina a estos componentes Key Data Elements y Critical Tracking Events. En lugar de imponer una plataforma, la regulación define qué información debe mantenerse y en qué momentos del recorrido del alimento debe generarse.

Las empresas, granjas, restaurantes y establecimientos cubiertos también deben estar en condiciones de entregar los registros solicitados por la autoridad en un plazo de 24 horas, o dentro de un periodo razonable previamente acordado. El propósito es acelerar la identificación y el retiro de alimentos potencialmente contaminados.

Este enfoque tiene implicaciones directas para los proveedores latinoamericanos que exportan productos cubiertos hacia Estados Unidos. La norma no los obliga a incorporar blockchain, pero sí eleva el nivel de precisión, disponibilidad y coordinación que deberán alcanzar sus registros.

En la práctica, la discusión deja de centrarse en qué software comprar y pasa a una cuestión más básica, para explorar si la empresa puede reconstruir el recorrido de un lote en cuestión de horas sin depender de llamadas telefónicas, correos dispersos o documentos físicos.

La evolución del calendario regulatorio también permite dimensionar la complejidad. La fecha original de cumplimiento era el 20 de enero de 2026. Posteriormente, la FDA propuso extenderla 30 meses, hasta el 20 de julio de 2028, y el Congreso de Estados Unidos instruyó a la autoridad a no aplicar la regla antes de esa fecha.

El aplazamiento no significa que la trazabilidad haya perdido relevancia. Por el contrario, evidencia la dificultad de coordinar datos entre miles de productores, procesadores, operadores logísticos, distribuidores, minoristas y restaurantes, incluso en un mercado con un alto nivel de digitalización.

Para América Latina, queda mucho aprendizaje. Si la interoperabilidad representa un desafío en una cadena con mayor disponibilidad de infraestructura, su aplicación regional requiere reconocer las diferencias entre empresas y evitar que la regulación o las exigencias de los compradores amplíen la brecha existente.

La convergencia entre IA, IoT y blockchain tampoco ocurre al mismo tiempo. En la mayoría de las organizaciones, el proceso comienza con la digitalización de registros y la identificación de productos. Después aparecen los sensores, la integración de sistemas y la analítica.

La inteligencia artificial adquiere valor cuando existe suficiente información histórica, consistente y relacionada con decisiones específicas. Puede ayudar a detectar una combinación anormal de temperatura, duración del traslado, proveedor o centro de distribución, pero no puede corregir por sí sola lotes mal identificados o registros incompletos.

Blockchain entra en otra capa del problema: puede resultar útil cuando varias organizaciones necesitan compartir evidencias sobre el recorrido de un producto y ninguna debe controlar de manera exclusiva el registro. Sin embargo, la tecnología sólo conserva la información que recibe.

Si un operador captura una temperatura incorrecta, un sensor está mal calibrado o un lote se registra bajo un identificador equivocado, blockchain puede proteger la integridad de ese dato sin garantizar su veracidad. La inmutabilidad del registro no sustituye la calidad de la captura.

Por ello, la cadena regional se encuentra más cerca de una adopción selectiva que de una convergencia generalizada. Las tecnologías ya funcionan en procesos específicos, pero su integración de extremo a extremo sigue limitada por la calidad de los datos, la interoperabilidad y la capacidad de sumar a los eslabones menos digitalizados.

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El reto de fondo no consiste en conectar más dispositivos, sino en lograr que cada dato tenga significado para todos los participantes. Para ello, los productos, lotes, ubicaciones, proveedores y acontecimientos deben identificarse bajo reglas comunes.

GS1 describe su estándar global como un marco para diseñar sistemas de trazabilidad interoperables. Esto implica que la información pueda ser generada, interpretada y compartida entre socios comerciales a lo largo del ciclo de vida de un producto, aunque cada empresa utilice herramientas diferentes.

Sin esta base, una red blockchain puede convertirse en un silo más. La cadena tendría información digital y registros distribuidos, pero seguiría sin contar con una visión completa cuando los datos no utilicen identificadores, estructuras o definiciones compatibles.

La madurez tecnológica regional debe medirse, por tanto, en dos dimensiones. La primera es interna: qué tan bien controla cada empresa la información de sus procesos. La segunda es colaborativa: qué tan preparada está para intercambiarla con proveedores, clientes, autoridades y operadores logísticos.

En la primera dimensión, varias organizaciones ya muestran avances importantes. En la segunda, la región todavía enfrenta su mayor rezago.

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