Seguridad e inocuidad alimentaria

El reto de la seguridad alimentaria no es solo producir más, sino distribuir mejor

Reducir el desperdicio y mejorar el acceso a los alimentos exige algo más que capacidad productiva.

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La seguridad alimentaria no comienza ni termina en el campo. Entre una cosecha abundante y una familia que puede llevar alimentos nutritivos a su mesa hay una cadena de decisiones que involucra transporte, almacenamiento, procesamiento, comercialización, distribución y acceso.

Cuando alguno de esos eslabones falla, los alimentos pueden perderse antes de llegar a quienes los necesitan.

El desafío es especialmente visible cuando conviven dos realidades: alimentos que no encuentran una vía eficiente para su aprovechamiento y personas que no tienen garantizado su acceso a ellos.

En ese escenario, producir más no resuelve por sí solo el problema. También hace falta conectar mejor lo que ya existe.

Las cifras dan una idea de la dimensión del reto. En 2022, el mundo desperdició alrededor de 1,050 millones de toneladas de alimentos en los hogares, los servicios de comida y el comercio minorista, equivalentes al 19% de los alimentos disponibles para los consumidores.

A esa cantidad se suma el 13.2% de los alimentos que se pierde en la cadena de suministro después de la cosecha y antes de llegar al comercio minorista, de acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Estas pérdidas no representan únicamente un problema de eficiencia para la industria alimentaria. También implican recursos agrícolas, agua, energía, trabajo y dinero que no se aprovechan plenamente, además de emisiones que podrían evitarse.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que las pérdidas y el desperdicio de alimentos generan entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Por eso, reducirlos es una tarea que conecta la seguridad alimentaria con la economía circular y la acción climática.

Sin embargo, cerrar esa brecha requiere algo más que iniciativas aisladas. Un productor puede tener excedentes aprovechables, una empresa puede contar con infraestructura logística y un banco de alimentos puede conocer las necesidades de distintas comunidades. Si esas capacidades no se encuentran a tiempo, el alimento difícilmente llegará a su destino.

Ahí entra el liderazgo colaborativo: la capacidad de reunir a actores con intereses, recursos y responsabilidades diferentes para trabajar sobre un objetivo común, con reglas claras y mecanismos que permitan sostener los esfuerzos más allá de una campaña o de la voluntad de sus participantes.

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Del convenio a la colaboración: construir un sistema, no una suma de iniciativas

Durante la charla magistral "Liderazgo colaborativo para construir los sistemas que alimentarán al mundo", en el contexto del Women´s Energy and Sustainability Summit 2026, la maestra Martha Herrera González, experta internacional en sustentabilidad y responsabilidad social empresarial, planteó una idea central: las alianzas no son suficientes cuando se quedan en acuerdos formales que no se traducen en acciones sostenidas.

Su reflexión parte de una pregunta incómoda para cualquier organización: ¿cuántos convenios de colaboración continúan funcionando después de la firma?

La diferencia, explicó, está en diseñar las condiciones para que esa colaboración ocurra. Herrera recurrió a la imagen de un puente: nadie cruza un río solamente con buenas intenciones; hacen falta planos, materiales y una estructura capaz de sostener el tránsito.

En los sistemas alimentarios, esa infraestructura no es únicamente física. También incluye confianza, coordinación, responsabilidades definidas y mecanismos para tomar decisiones.

La propuesta tiene implicaciones directas para las empresas de alimentos y bebidas. La colaboración puede facilitar el aprovechamiento de excedentes, conectar la oferta con las necesidades de las organizaciones receptoras, mejorar la coordinación de las entregas y evitar que productos aptos para el consumo terminen convertidos en residuos.

No se trata de que una sola organización resuelva todas las etapas, sino de que cada participante contribuya desde sus capacidades. Los productores y la industria pueden identificar alimentos susceptibles de recuperación; el comercio puede detectar excedentes; los bancos de alimentos pueden articular su recepción y distribución; las universidades pueden aportar investigación, y las autoridades pueden establecer condiciones regulatorias que den continuidad a los esfuerzos.

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Un caso de estudio: coordinar la cadena para rescatar alimentos

Uno de los ejemplos que Herrera compartió durante su intervención fue la construcción de un sistema de rescate de alimentos en Nuevo León.

Más allá de su contexto geográfico e institucional, la experiencia permite observar cómo una problemática que atraviesa distintas etapas de la cadena alimentaria puede abordarse mediante una estructura de colaboración multisectorial.

La iniciativa surgió de una pregunta práctica: ¿cómo evitar que alimentos aprovechables se conviertan en desperdicio mientras existen personas que necesitan acceso a ellos?

En su búsqueda de modelos de referencia, Herrera relató que visitó Egipto para conocer la experiencia de su banco de alimentos, del que destacó la eficiencia de su sistema de rescate.

De ese acercamiento recuperó tres aprendizajes: combatir el hambre requiere logística, ninguna institución puede hacerlo por sí sola y las iniciativas necesitan convertirse en estructuras duraderas para no depender exclusivamente de la voluntad de sus impulsores.

A partir de esa perspectiva, el modelo se articuló alrededor de tres componentes que ayudan a entender su funcionamiento.

1. Coordinar el rescate desde el origen

El primer componente consistió en trabajar a lo largo de la cadena, desde los productores hasta la industria, el comercio y los bancos de alimentos.

El objetivo era recuperar alimentos antes de que se convirtieran en residuos. Para conseguirlo, no bastaba con reunir donaciones una vez que los productos estaban disponibles: era necesario coordinar a quienes podían identificar los excedentes, facilitar su recuperación y llevarlos a los canales de distribución correspondientes.

Este punto es particularmente relevante para la industria alimentaria. Un sistema de rescate necesita identificar qué productos pueden aprovecharse, en qué momento están disponibles y qué condiciones deben cumplirse para su recepción, almacenamiento, transporte y entrega.

La logística, por tanto, deja de ser una función exclusivamente operativa y se convierte en parte de la solución social. La capacidad de actuar a tiempo puede marcar la diferencia entre recuperar un alimento y perderlo.

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2. Darle estructura a la colaboración

El segundo componente fue establecer un mecanismo de coordinación interinstitucional con participación ciudadana y, posteriormente, una estructura de colaboración público-privada.

De acuerdo con las cifras presentadas por Herrera, el esquema llegó a integrar más de 15 instituciones y 13 comités técnicos, con representación de distintos sectores.

La relevancia de esta estructura no reside solamente en el número de participantes. Su valor está en crear espacios donde las organizaciones puedan asumir responsabilidades, compartir información y trabajar con objetivos comunes.

Cuando una iniciativa depende de contactos personales o de acuerdos informales, su continuidad puede verse comprometida si cambian los equipos o las prioridades. En cambio, una estructura de gobernanza permite distribuir responsabilidades y establecer procedimientos que faciliten el trabajo conjunto.

Para replicar una experiencia de este tipo, el aprendizaje consiste en definir desde el inicio quién identifica los alimentos recuperables, quién coordina su traslado, quién verifica las condiciones de recepción y cómo se evalúa el destino de los productos.

La colaboración necesita traducirse en tareas concretas, no quedarse en una declaración de intenciones.

3. Convertir el compromiso en una estructura duradera

El tercer componente fue el respaldo legal. Herrera explicó que el modelo incorporó un marco normativo aprobado en 2017, orientado al derecho a la alimentación adecuada y al combate del desperdicio de alimentos.

La institucionalización es importante porque permite que el aprovechamiento alimentario se aborde como una responsabilidad sostenida, en lugar de depender únicamente de iniciativas voluntarias.

Para la industria, esto pone sobre la mesa una cuestión fundamental: la colaboración requiere claridad sobre las responsabilidades de cada participante, los procedimientos aplicables y las condiciones para que los alimentos puedan recuperarse y distribuirse adecuadamente.

La regulación, la logística y la gobernanza cumplen funciones distintas, pero complementarias. Una norma puede establecer obligaciones y principios; los acuerdos de colaboración pueden organizar la participación, y la infraestructura operativa permite ejecutar las acciones. Sin esa conexión, cualquiera de los componentes corre el riesgo de quedarse corto.

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Los resultados: cuando el rescate de alimentos también genera valor ambiental

Durante la charla, Herrera compartió algunos indicadores atribuidos a la implementación del sistema. Entre ellos, señaló que el modelo llegó a brindar servicio a más de 251,000 personas y permitió recuperar más de 22,000 toneladas de alimentos.

La experta también mencionó la participación de más de 1,000 voluntarios, la incorporación de más de 200 empresas y la intervención de más de 9,000 personas socias, además de la operación de los comités técnicos.

Estas cifras, presentadas por Herrera como parte de la experiencia, ilustran la escala que puede alcanzar una iniciativa cuando logra conectar capacidades de distintos sectores.

Hay otra dimensión que merece atención: el valor ambiental del rescate. Cada alimento aprovechado representa una oportunidad para utilizar mejor los recursos que ya se destinaron a su producción y reducir los residuos asociados a su pérdida.

La conexión con la economía circular es directa. En lugar de que los excedentes aptos para el consumo sigan una ruta hacia el desecho, se busca incorporarlos a un circuito de aprovechamiento. Esto no sustituye las medidas para prevenir las pérdidas desde el origen, pero puede contribuir a reducir el desperdicio cuando este no se ha podido evitar.

Herrera señaló, además, una tasa de retorno social de 12 a 1: según el indicador que presentó, por cada peso invertido se generaron 12 pesos de valor social en ámbitos como salud, economía y medio ambiente.

Más allá de los indicadores puntuales, el caso permite observar que el rescate de alimentos puede conectar objetivos que a menudo se gestionan por separado: el acceso a la alimentación, el aprovechamiento de recursos, la reducción de residuos y la participación empresarial.

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La confianza también necesita diseño

El caso presentado por Martha Herrera deja una lección que trasciende la recuperación de alimentos: los problemas complejos necesitan estructuras de colaboración capaces de sobrevivir a los cambios de personas, instituciones y prioridades.

La seguridad alimentaria exige conectar la disponibilidad de alimentos con su acceso efectivo, y eso implica trabajar sobre las condiciones que permiten que lleguen a quienes los necesitan. Para la industria, supone mirar más allá de sus operaciones inmediatas y reconocer que algunas ineficiencias solo pueden resolverse cuando varios actores coordinan sus capacidades.

En ese sentido, el liderazgo colaborativo no consiste únicamente en convocar a una mesa de trabajo. Consiste en establecer reglas, distribuir responsabilidades, compartir información y sostener mecanismos de seguimiento. También requiere que las organizaciones estén dispuestas a ceder protagonismo para que el objetivo común tenga continuidad.

Como planteó Herrera durante su charla, la confianza no se decreta: se construye mediante reglas claras, gobernanza y decisiones que se mantienen en el tiempo.

Los sistemas alimentarios del futuro necesitarán innovación, infraestructura y mejores herramientas de planeación, pero también esa capacidad de colaboración. Porque producir alimentos es indispensable; lograr que se aprovechen, se distribuyan y lleguen a quienes los necesitan es una tarea colectiva.

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Reportera multidisciplinaria con trayectoria en la producción de contenidos para medios digitales e impresos. Su área de especialización abarca temas científicos, logística, inmobiliaria, tecnología, hard news, política y salud.