Envasado y procesamiento

Reformulación de alimentos: cómo mejorar el perfil nutricional sin perder funcionalidad

Reducir azúcar, sodio y grasas exige evaluar su impacto en la textura, la estabilidad y la vida útil del producto.

Última actualización:

nutricion-reformulacion-quimica

Compartir

bookmark-thefoodtech.combookmark-thefoodtech.combookmark-thefoodtech.combookmark-thefoodtech.combookmark-thefoodtech.combookmark-thefoodtech.com

Reducir el azúcar, el sodio o las grasas de un alimento puede mejorar determinados indicadores nutricionales, pero también alterar las propiedades que permiten que ese producto conserve su textura, sabor y estabilidad. Para la industria alimentaria, el desafío consiste en equilibrar ambos objetivos sin trasladar el problema de un componente a otro.

“Retirar o reducir un ingrediente crítico es solamente el primer paso de una reformulación”, señala Ana Ramos, nutricionista, dietista y doctora en Ciencias Farmacéuticas y Alimentarias, docente investigadora de la Universidad CES, en Medellín, Colombia, en entrevista para The Food Tech.

La presión regulatoria y el interés por productos con perfiles nutricionales más favorables han impulsado cambios en las formulaciones. Sin embargo, una reducción aislada no garantiza que el resultado sea mejor.

La clave está en comprender qué funciones cumple el ingrediente que se busca modificar y comprobar cómo responde el alimento después del cambio.

nota-imagen-thefoodtech.com

TE PUEDE INTERESAR:

Reformulación inteligente: una nueva frontera técnica para la industria de panificación y snacks

VER NOTA

El reto tecnológico detrás de una reducción nutricional

El azúcar, el sodio y las grasas no cumplen una única función dentro de los alimentos. Además de sus aportes nutricionales y sensoriales, participan en procesos que determinan su comportamiento durante la elaboración y el almacenamiento.

El azúcar, por ejemplo, contribuye al volumen, la humectación y la cristalización; también influye en el punto de congelación. Las grasas ayudan a transportar compuestos aromáticos y vitaminas liposolubles, mientras que el sodio interviene en la regulación de la actividad acuosa y puede contribuir al control microbiano.

Por eso, sustituir estos componentes requiere algo más que encontrar un ingrediente con un perfil nutricional distinto. Ramos explica que la intervención debe comenzar con un diagnóstico de la función tecnológica que cumple el ingrediente dentro de la matriz alimentaria. A partir de ahí, la empresa puede determinar qué propiedades necesita conservar y qué alternativas son viables.

Entre las opciones que menciona la especialista están las fibras, los hidrocoloides y los sistemas de encapsulación. Su aplicación depende de las características de cada producto: una solución útil para una formulación no necesariamente funciona en otra.

Como advierte Ramos, estas sustituciones pueden aumentar el número de ingredientes necesarios para conservar las propiedades del alimento. Al hablar de las alternativas para reemplazar algunas funciones del azúcar, explica:

“[…] podríamos utilizar aquí fibras hidro coloides o sistemas de encapsulación que van a aumentar el número de ingredientes dentro de esa etiqueta”.

Esto plantea una tensión para las empresas que buscan reducir nutrientes críticos y, al mismo tiempo, responder a la demanda de etiquetas más sencillas. La clave está en evaluar la función y la pertinencia de cada ingrediente, no únicamente en reducir la longitud de la lista.

imagen-nota-thefoodtech.com

Etiqueta limpia: la cantidad de ingredientes no determina la calidad nutricional

Una lista corta de ingredientes puede resultar atractiva para el consumidor, pero no constituye por sí sola una garantía de calidad. La función de cada componente y la composición nutricional completa ofrecen una perspectiva más útil para evaluar un alimento.

Ramos lo plantea con claridad:

“Más corto o más natural, automáticamente no se debería traducir a más saludable”.

La especialista advierte que retirar un conservante o un estabilizante sin un reemplazo equivalente puede comprometer la calidad microbiológica y la vida útil. Estos ingredientes pueden cumplir funciones tecnológicas necesarias, por lo que su eliminación requiere evaluar qué consecuencias tendría para el alimento.

La lógica también funciona en sentido contrario. Un alimento con una lista extensa puede incluir vitaminas, minerales o proteínas añadidas para atender necesidades nutricionales específicas. Por tanto, el número de ingredientes no permite concluir si un producto es nutricionalmente adecuado.

La simplificación puede ser un objetivo legítimo de desarrollo, siempre que exista un fundamento tecnológico y nutricional.

Si eliminar un ingrediente obliga a incorporar otros para recuperar sus funciones, la decisión debe evaluarse por el resultado final, no por la longitud de la etiqueta.

nota-imagen-thefoodtech.com

TE PUEDE INTERESAR:

Del superfood a la etiqueta limpia: lo que el consumidor latinoamericano considera “saludable” e innovador

VER NOTA

Cómo comprobar que el cambio realmente mejora el producto

Una de las limitaciones de evaluar la reformulación únicamente a partir del etiquetado es que la disminución de un nutriente puede ocultar cambios en el resto de la composición.

Reducir azúcar, por ejemplo, puede llevar a aumentar las grasas para compensar la textura; modificar el sodio también puede requerir ajustes para recuperar la percepción del sabor.

Por ello, la experta recomienda analizar el perfil nutricional completo, incluidos los micronutrientes y aquellos componentes que pueden aportar funciones relevantes.

También considera necesario evaluar el producto en su contexto real de consumo: el tamaño de la porción, la frecuencia con la que se consume y el lugar que ocupa dentro de la alimentación de la población objetivo.

Esta perspectiva permite identificar el llamado halo de salud. Cuando una persona interpreta que un producto es más saludable porque se redujo un nutriente crítico, podría consumirlo en mayores cantidades. La mejora de una característica nutricional no equivale automáticamente a un beneficio global para la salud.

La validación también debe contemplar el comportamiento del alimento. Los análisis fisicoquímicos y las pruebas de vida útil permiten detectar alteraciones en la estabilidad, mientras que las evaluaciones sensoriales y los estudios con consumidores ayudan a determinar si los cambios afectan la aceptación.

Ramos subraya la importancia de estas últimas herramientas, porque una formulación puede presentar ventajas nutricionales y, aun así, no ser bien recibida si cambia demasiado la experiencia de consumo.

El objetivo no es asumir que todas las propiedades permanecerán intactas, sino medir los efectos de la modificación antes de lanzar el producto.

imagen-nota-thefoodtech.com

De la obligación regulatoria a la innovación alimentaria

La reformulación puede quedarse en una respuesta reactiva cuando las empresas intervienen una receta únicamente para cumplir una exigencia normativa.

Para la doctora Ramos, la oportunidad está en incorporar la nutrición y la tecnología de alimentos desde las primeras etapas del diseño, en lugar de esperar a que cambien las reglas para modificar el producto.

Esto requiere capacidades para evaluar la aceptación, las propiedades fisicoquímicas y la vida útil, así como acceso a tecnologías que permitan desarrollar alternativas. La encapsulación, las fermentaciones y el uso de geles son algunas de las opciones que pueden estudiarse de acuerdo con las necesidades de cada formulación.

Durante la entrevista, destaca la importancia de contar con capacidades específicas para comprobar los resultados antes de comercializar un producto:

“Primero podríamos pensar en un laboratorio de análisis sensorial y un estudio de consumidor”.

La especialista añade que también se requiere capacidad analítica para evaluar las propiedades fisicoquímicas y la vida útil, con el fin de anticipar problemas de estabilidad. Una reformulación puede reducir el tiempo durante el cual el alimento conserva sus propiedades, por lo que no debe asumirse que la vida útil permanecerá intacta.

Las alianzas con instituciones académicas pueden ayudar a las empresas que no cuentan con infraestructura propia para desarrollar o evaluar nuevas soluciones. La colaboración permite acceder a conocimientos y tecnologías, además de incorporar perspectivas nutricionales y de salud al proceso de innovación.

La relación entre industria y academia, sin embargo, requiere objetivos compartidos. Ramos reconoce que ambas partes pueden partir de intereses distintos, aunque coincidan en una finalidad común:

“Es claro que nuestros intereses son diferentes, pero convergen en un punto y después en la salud de la población”.

La industria necesita desarrollar productos viables y comercializables; la investigación puede aportar conocimiento para evaluar sus implicaciones nutricionales y tecnológicas. Integrar esas perspectivas desde el diseño permite que la reformulación responda tanto a las necesidades productivas como a las de la población.

En última instancia, mejorar el perfil nutricional de un alimento no consiste en retirar ingredientes de manera aislada. Implica entender qué funciones cumplen, medir las consecuencias de los cambios y validar que la nueva formulación sea segura, estable y aceptada por quienes la consumen.

Esa es la diferencia entre ajustar una etiqueta y desarrollar un producto con una mejora nutricional respaldada por evidencia.

newsletter-thefoodtech.com
inbox-thefoodtech.com

Newsletter

autor-thefoodtech.com

Reportera multidisciplinaria con trayectoria en la producción de contenidos para medios digitales e impresos. Su área de especialización abarca temas científicos, logística, inmobiliaria, tecnología, hard news, política y salud.